
Dan Brown, autor de El código Da Vinci, publica una nueva novela que promete ser tan polémica como las anteriores. Está ambientada en Washington y aborda el poder de la masonería en Estados Unidos.
Una enorme escuadra y un compás con una letra G en el centro, símbolo de la masonería, indican claramente el lugar. Estos días hay más actividad de lo habitual. Y el culpable tiene nombre y apellido: Dan Brown.
El monumento masónico de George Washington en Alexandria (Virginia) es uno de los escenarios de El símbolo perdido, la nueva novela del autor de El código Da Vinci (2000) y Ángeles y demonios (2003).
Para acceder al monumento masónico de George Washington no es necesario entrar por ninguna puerta trasera ni pasar por un ritual de iniciación ni conocer ningún código secreto. Sólo hay que subir una escalinata y atravesar el pórtico de la entrada decorado con seis columnas de estilo dórico. La entrada es gratuita.
Un joven amable y sonriente invita al visitante a moverse libremente por el edificio, a hacer fotos, a comprar algún souvenir y a realizar una visita guiada por la torre del monumento, coronada con una pirámide. El edificio fue construido entre 1922 y 1932 gracias a las donaciones de masones con el objetivo de "inspirar humanidad a través de la educación y emular y promover las virtudes, el carácter y la visión de George Washington, el hombre, el masón y el Padre de nuestra nación".
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En el primer semestre del año las ventas de libros de tapa dura en Estados Unidos habían caído un 18% respecto al año anterior y los de rústica otro 14%. A nadie se le escapa que en medio de la grave crisis económica actual, la también golpeada industria editorial necesita como agua de mayo un nuevo éxito superventas para impulsar el sector. Independientemente de las críticas que puedan empezar a destripar El símbolo perdido, es más que probable que la nueva novela de Dawn Brown cumpla las expectativas en taquilla de los más pesimistas.
Avalado por el éxito sin precedentes de El código Da Vinci, los fans anglosajones de Brown pueden devorar desde hace unas horas la última entrega de las aventuras del profesor Robert Langdon, para cuya tirada inicial se han distribuido cinco millones de ejemplares, que ya están disponibles en las librerías de Estados Unidos, Reino Unido y el resto de países de habla inglesa.
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En esta ocasión, el personaje de Langdon también deberá resolver enigmas, descifrar códigos secretos y analizar nuevas pinturas en su búsqueda de un legendario tesoro masónico en Washington y también tendrá que sortear a un extraño asesino en serie: en lugar de un albino masoquista del opus, un eunuco iniciado. El escenario elegido es Washington y los monumentos más conocidos de la capital de EEUU. El motivo no es baladí. Algunos de los padres fundadores que firmaron la Declaración de Independencia eran destacados masones, como George Washington y Benjamin Franklin, al igual que otros presidentes como Teddy y Franklin Delano Roosevelt, Harry Truman o Gerald Ford. En el caso de Ángeles y demonios y El código Da Vinci, Brown se decantó por tres ciudades europeas de sobra conocidas por los turistas -Londres, París y Roma-, que a partir de la aparición de los dos libros y de las posteriores adaptaciones al cine vieron cómo se incrementaba el interés de los visitantes por recorrer los lugares por donde pasa Langdon.
Brown asegura que Washington, cuyo trazado dicen que está basado en rectas y diagonales parecidas a los símbolos masónicos de la escuadra y el compás, no tiene nada que envidiar a Roma, París y Londres, con obeliscos, pirámides y túneles subterráneos. «Todo un mundo en la sombra que no vemos». Es probable que acabe ocurriendo algo parecido con El símbolo perdido. La imagen de la portada en la edición norteamericana (la británica es más sobria) es el Capitolio, un edificio plagado de simbolismo, acompañado de un sello de cera con un fénix de dos cabezas, el número 33 y las palabras «ordo ae chao» (del orden al caos en latín). Pero a partir de ahora seguro que los turistas se preguntarán dónde está el Templo del Supremo Consejo del Grado 33, la Casa Masónica del Templo o el Memorial Masónico Nacional de George Washington, justo al otro lado del río Potomac. En otra entrevista, el autor afirma que el lector hallará un libro más filosófico que los anteriores, producto de las experiencias de los últimos años. «Me han pasado muchas cosas», afirma Brown. Cuando le preguntan por su talento narrativo responde que en su infancia fue un chico tímido que creció sin televisión y obligado a echar mano de la imaginación para divertirse.
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