
Tras seis años de aislamiento, el escritor más leído del mundo vuelve a la carga con El símbolo perdido. Charlamos con él. La conversación no tiene desperdicio...
Cuando no está inspirado, Dan Brown se calza sus botas antigravedad y se cuelga del techo como un murciélago. Asegura que en esa postura la sangre le bombea ideas frescas a la cabeza y le cambia, además, la perspectiva, algo esencial para resolver los numerosos nudos de sus barrocas tramas. Ha debido de estar boca abajo mucho tiempo en los últimos seis años, los que ha tardado en escribir su última novela, El símbolo perdido (Planeta), pero seguramente le habrá valido la pena, pues se vendieron un millón de ejemplares de la edición inglesa en su primer día en las librerías.
Brown recupera como protagonista al profesor Langdon, el trasunto de Indiana Jones y Umberto Eco que anduvo en pos del Santo Grial en El código Da Vinci. Esta vez le toca el turno a los secretos de la masonería. Brown dice haberse documentado concienzudamente, aunque sus detractores suelen achacarle, además de un estilo literario ramplón, aunque muy efectivo, auténticos disparates en la investigación. Baste recordar cómo describió Sevilla, ciudad en la que está ambientada su novela Fortaleza digital: policías corruptos que fuman Ducados, hospitales tercermundistas donde, si entras al quirófano, probablemente ya no salgas, olor a orina por doquier y turistas jugándose la vida para visitar la peligrosísima Giralda, cuyas empinadas escalinatas son una trampa mortal, entre otras perlas. Y eso que Brown vivió una temporada a orillas del Guadalquivir. Fue una época decisiva de su vida, pues abandonó el sintetizador con el que pretendía ser un ídolo del pop y se puso a estudiar Historia del Arte, disciplina que le ha dado material para sus argumentos. Pero Brown ha tenido desde niño una tendencia a vivir en su propio mundo: un caldo donde hierven teorías de la conspiración y criptogramas que, de resolverse, cambiarán el mundo.
(...)
XL. Los católicos se sintieron gravemente ofendidos con su libro, luego se produjeron las acusaciones de plagio de dos autores que aseguraban que les había copiado parte de la trama. El mundo esperaba una respuesta por su parte, pero se retiró.
D.B. En este mundo moderno se espera que los autores formen parte del olimpo de los famosos. Yo prefiero no hacerlo. No me preocupo por el dinero o la fama. No me veo como una estrella. Mis libros son las estrellas.
XL. ¿Por qué está haciendo esta entrevista entonces?
D.B. Estoy orgulloso del nuevo libro y quiero que los fans lo sepan. Además, ahora ya no estoy escribiendo; así que puedo salir de mi capullo y ser durante un breve tiempo una figura pública. Luego volveré a cerrar la puerta.
(...)
XL. ¿Habrían sido posibles sus novelas sin su padre? Organizaba en casa juegos de buscar el tesoro...
D.B. Probablemente, no. Mis novelas son una gran búsqueda del tesoro y, de niños, nos lo pasábamos de fábula resolviendo enigmas ocultos.
XL. Incluso el pequeño Exeter tiene ese misterio de hermandades secretas y logias masónicas que tan importante papel desempeñan en su libro.
D.B. Sí, la logia estaba sobre el cine de la ciudad. Tenía ese extraño símbolo y las cortinas siempre echadas, nunca me permitieron subir. Veíamos entrar a la gente, pero nadie sabía qué hacían allí arriba. Aquello siempre me fascinó.
XL. ¿Hasta hoy?
D.B. Sí. He dedicado seis años a investigar su mundo.
XL. ¿Consiguió acceso a los masones?
D.B. Sí. Hablaban de sus creencias, pero no de sus rituales secretos.
XL. ¿Rituales de sangre? ¿Plegarias misteriosas?
D.B. Son secretos. Tuve que indagar en otros sitios.
XL. Ha seguido viviendo en Exeter y se va a mudar a una casa llamada Isle of Langdonia, denominada así por el protagonista de sus novelas, Robert Langdon. ¿No se ha pasado un poco?
D.B. No sé cómo se ha enterado de eso, pero es cierto. También la llamo «la fortaleza de la gratitud». A mi mujer y a mí no nos gustan los yates, los coches o los aviones privados. Nos interesa la arquitectura, así que nos hemos construido una obra de arte en forma de casa y nos mudaremos en unos cuantos meses.
XL. ¿Tiene pasadizos secretos?
D.B. Al menos, media docena de estancias y pasadizos secretos.
XL. ¿Códigos ocultos?
D.B. Por toda la casa. Tenemos una ventana por la que entra el sol a una hora concreta del día y cae sobre un símbolo en un azulejo. Hay claves secretas en las ventanas.
XL. ¿Y usted recorre la casa como si fuese un niño pequeño, intentando descifrar los símbolos?
D.B. No, los conozco todos, pero nuestros invitados no. Necesitarían una vida entera para descifrar todos los enigmas.
XL. ¿Dónde escribirá?
D.B. En mi nueva novela hay un cuadro que deambula por la casa. Yo tengo ese cuadro. Se moverá por una pequeña habitación en Langdonia. Quizá escriba allí. Nunca he escrito en una casa.
XL. ¿Dónde entonces?
D.B. Esta novela la he escrito en una cabaña en el bosque, con un frigorífico y un ordenador, nada más, ni Internet ni móvil, sin conexión con el mundo exterior.
XL. Se pone a escribir antes de que salga el Sol.
D.B. Así es, a eso de las cuatro de la mañana. Es un ritual. Siempre me he levantado pronto, ya de niño, siempre quería estar solo. Me levantaba a las cuatro y media, me hacía el desayuno yo solo, leía tebeos y hacía crucigramas.
XL. ¿No se le hace raro no escribir por primera vez en seis años?
D.B. No, estoy muy contento de haber terminado este libro. Ha sido muy difícil. El tema es muy filosófico y complicado de desentrañar. Fui escéptico durante mucho tiempo. Ciencia noética... suena a new age. Dediqué años a la investigación y ¿sabe qué?, la ciencia noética funciona.
XL. ¿En serio? Pónganos un ejemplo.
D.B. Coja un vaso de agua y congélelo. Luego coloque a un grupo de personas alrededor del vaso, todas con pensamientos hermosos, puros, y verá que empiezan a formarse los más bellos cristales.
XL. ¿Lo dice en serio?
D.B. Completamente.
XL. ¿No ha perdido el juicio?
D.B. No he perdido el juicio. Haga el mismo experimento con personas que tengan pensamientos oscuros, malvados. El hielo se llenará de grietas y cristales horribles. He investigado el tema y he encontrado pruebas. La idea de que el ser humano pueda ejercer control sobre la materia me desconcierta.
(...)
XL. Cuenta usted que, cuando se `atasca´ escribiendo, se cuelga cabeza abajo, de los pies, para volver a pensar con claridad. Y en esos momentos piensa: «Guau, soy genial, 80 millones de libros vendidos».
D.B. No, no, no. Quizá sí piense: «Este capítulo es genial, a mis lectores les va a encantar», pero lo normal es que lea el capítulo al día siguiente y diga: «Es una mierda. Rehazlo otra vez». Para mí, escribir no es escribir, es reescribir. Corregirse a uno mismo.
XL. Es usted el autor más leído del presente. ¿No le resulta a veces una carga?
D.B. Cuando soy consciente de lo que ha pasado, me quedo en estado de shock. No soy Leonardo DiCaprio, que se encarama a la proa del Titanic y grita: «¡Soy el rey del mundo!».
(...)
XL. ¿Qué problemas le dará esta novela?
D.B. Que puedas cambiar el mundo con la fuerza de tu pensamiento es una idea revolucionaria. Y también lo es que podamos crear una nueva realidad si unimos nuestros pensamientos y nos concentramos en ello.
XL. Suena a charlatanería esotérica.
D.B. Sí, eso dirán muchas personas. Pero adelanto que, en cinco años, mucha gente me dará la razón.
(...)
XL. ¿Le gustaría ser Langdon, ese tipo listo y guapo, a lo Harrison Ford, de sus novelas?
D.B. Sí, tiene una vida estupenda, descifra códigos, viaja mucho. Cuando yo viajo, nada es emocionante. Nadie me persigue.
XL. En su próxima novela, ¿dónde podría buscar Langdon nuevos secretos? ¿Pekín, Tokio, Río de Janeiro?
D.B. Río le gustaría a Tom Hanks. Le voy a dar una pista: no será en la Luna.
(...)
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Texto de Antonio Lozano
Dan Brown Si quiere superarse a sí mismo, este hombre deberá vender más de 81 millones de ejemplares de El símbolo perdido (Planeta/Empúries). Tras cinco años para digerir el fenómeno generado por El código Da Vinci, el escritor convoca una vez más a su experto en simbología Robert Langdon para perpetuarse como el escritor de más éxito del planeta. Faltan sólo cuatro días para que su thriller de trasfondo masónico tome por asalto las librerías españolas.
El pasado julio, millones de personas recibieron por Twitter la imagen de un triángulo con la inscripción totum maior summa partum, a la que seguirían, entre otras, la de un monasterio griego y la del sello presidencial americano. Así, el último emperador del thriller despejaba las dudas de si su sobrehumano éxito literario lo había devorado o, en cambio, tendría una continuación por la que suspiraban lectores de los cinco continentes y, aún más, las editoriales que ya habían desembolsado una fortuna por los derechos. Aquellas pistas anunciaban el retorno del licenciado en simbología por Harvard Robert Langdon, fiel a los trajes de tweed, al café de Sumatra y a un reloj de pulsera de Mickey Mouse, cinco años después de publicarse, en El código Da Vinci, sus escandalosas pesquisas sobre Jesús y María Magdalena. Al confeso bloqueo creativo que causó a Brown un tsunami de cifras –vender 81 millones de ejemplares de la obra, su adaptación cinematográfica que recaudó 758 millones de dólares y le reportó a él 250 millones– se sumaron otras distracciones. La Iglesia católica y el Opus Dei se mostraron profundamente agraviados, y los autores del libro The Holy Blood and the Holy Grial interpusieron en los tribunales de Londres una demanda por plagio que fue finalmente desestimada.
(…)
En cualquier caso, la leyenda apunta que a Dan Brown le llegó la inspiración para probar suerte con los thrillers leyendo en Tahití un ejemplar de La conspiración del Juicio Final, de Sydney Sheldon. Lo indiscutible es que en 1996 dejó de ejercer de profesor de inglés y de español (para niños) en dos colegios para conseguirlo. Después de vender unos discretísimos 10.000 ejemplares de sus tres primeros títulos (Fortaleza Digital, Ángeles y demonios y La conspiración), la histeria colectiva le aguardaba agazapada en un rincón del cuadro La última cena. Hoy se levanta a diario a las cuatro de la madrugada, escribe con un reloj de arena que le marca las pausas para hacer flexiones y abdominales, juega a tenis cada tarde y, cuando se encalla con un pasaje, se cuelga boca abajo del techo con unas botas especiales en lo que denomina “terapia de inversión”.
Seguir el guión
Librerías abiertas a las doce de la noche para dar la campanada de salida, campañas promocionales y fiestas de lanzamiento dignas de una superproducción de Hollywood, tiradas récord (Planeta arranca con un millón y medio de ejemplares), respuesta entusiasta de los lectores –en la primera semana de su publicación en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña se comercializaron dos millones de copias, aunque a partir de la tercera el ritmo de venta ha descendido más de un 40%–… El símbolo perdido ha cumplido con las indicaciones del guión hasta la última coma. Tan metódica ha sido su aplicación a lo previsto, que muchas voces lamentan que esta se haya extendido a su argumento. De nuevo Langdon y su prodigiosa cabeza a la hora de interpretar símbolos se embarcan en una misión especial para evitar que información que podría cambiar el destino de la humanidad caiga en las manos equivocadas. De nuevo Langdon cuenta con el apoyo de una mujer, Katherine Solomon, especialista en ciencias noéticas (que implican el estudio del asombroso potencial de la mente humana), por la que no sentirá la menor atracción física. Una vez más Langdon se enfrentará a un perturbado rival que parece salido de un circo de freaks, Mal’akh, una masa de músculos tatuados con la calva afeitada y una frase apocalíptica siempre en la punta de la lengua. De nuevo Langdon tendrá poco tiempo (doce horas) para interpretar pistas que requieren de enciclopédicos conocimientos de arte, historia y ocultismo, corriendo de aquí para allá por edificios históricos que esconden un sinfín de pasadizos secretos y cámaras ocultas.
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